La Decisión del Emperador

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En una de esas tierras lejanas de las que nos hablan algunos cuentos, donde, normalmente, reina la paz, la alegría y la felicidad, reinaba un emperador de rango abolengo, que había heredado de su padre el trono, el cual, a su vez lo había heredado del suyo, y éste del suyo, y así sucedió desde inimaginables generaciones que ni tan siquiera el mismo Emperador podía recordar, a pesar de tantas heredades, tantos años y tanto tiempo.

Sin embargo, y a pesar de tanta alegría y felicidad, siempre había existido un pequeño temor que había preocupado a los habitantes de aquella lejana tierra, y, como no, al bueno del emperador.

Esta preocupación, que al inicio de su reinado, era pequeña, ínfima, había ido creciendo, madurando, haciéndose más y más fuerte, llegando a dominar, casi por completo la mente de nuestro Gran Gobernante.

Anteriormente a Él, no había existido demasiado problema en cuanto a la sucesión. Todos los anteriores emperadores habían tenido un hijo solamente, o una hija, o un hijo y una hija, con lo cual, y según la ley sucesoria del reino no quedaba lugar a dudas de quién debería ocupar el sillón en la Gran Sala del Trono.

Pero nuestro Emperador, y, en secreto la Emperatriz, Los Nobles de la Corte y, en general el Pueblo, habían visto como la Inquietud d3l Gobernante se hacía más y más pesada con el pasar de los años.

Estaba muy cercano el momento de ceder el trono a su sucesor y a todos les invadía la duda de cómo se llevaría a cabo tal situación.

Al contrario que sus antecesores la Emperatriz de nuestro Monarca había concebido dos hijos, dos Gemelos Los dos nacidos en el mismo instante. Ambos de las mismas características. Ambos habían crecido en el seno de la Corte, estudiando y formándose con gran éxito para regocijo de sus Padres y del resto de Nobles de la Corte quienes veían asegurada la sucesión en cualquiera de los dos casos de forma plena y satisfactoria para todos.

No obstante, solo uno de ellos podía llegar a ser Emperador, y, al parecer, ambos podían llevar a cabo dicha empresa, ya que ambos estaban cualificados para Ello, y ambos eran queridos por los Nobles y el Pueblo.

Tal situación causaba una gran preocupación al monarca ya que tenía que tomar la decisión. Tenía que escoger a uno de sus dos hijos para que que llevase el peso de la Corona y debía escoger el correcto. ¿Qué pasaría si no lo hiciera asÍ?. ¿Que ocurriría si al final de su vida se preguntase si había cometido un gran error y había escogido al menos capacitado?. Toda su vida habría sido en balde. Cometer un error como ese al final de su vida sería como borrar todos los logros que había conseguido durante la misma de un solo plumazo.

La preocupación se hacía más acuciante cada día, y el Emperador la iba retrasando tanto y cuanto más podía con la finalidad de no tener que enfrentarse a esa decisión.

Un buen día nuestro Gobernante tuvo un sueño. Soñó que planteaba a ambos Jóvenes una prueba, y aquel que la solventase de la manera más óptima sería quién le sucediese en el cargo.

Mandó llamar a ambos Príncipes y les expuso sus preocupaciones primer, para posteriormente hacerles prometer que cualquiera que fuera el resultado de la prueba, el que no consiguiera el trono debería permanecer al lado del que lo había conseguido para darle su apoyo, sin rencores ni resentimientos.

Los Príncipes accedieron. Así lo escribieron el el Libro de leyes de Palacio, y así lo firmaron, rubricaron y sellaron con sus anillos ante un centenar de testigos entre los que se encontraban la Emperatriz, los Nobles y los hombres Sabios y buenos del Consejo Popular.

Al día siguiente de tal acuerdo el Emperador hizo colocar dos inmensas piedras de gran peso en medio del patio central del Palacio, asignando una piedra a cada uno de los Príncipes, y dándoles esta instrucción: -“Tenéis que ser capaces de mover esta piedra de su lugar y llevarla a un rincón del patio del Jardín. Da igual el tiempo que os lleve hacerlo, pero la piedra ha de acabar en la esquina del patio”.

Ambos  Príncipes pensaron que aquel día era mejor descansar y empezar la tarea temprano en  la mañana, pues se trataba de una ardua tarea que probablemente les llevaría toda la jornada realizar.

A la mañana siguiente ambos se levantaron a la misma hora, y el primero sin pensarlo dos veces, bajó al Jardín de Palacio, donde estaba esperándole su piedra. Su  ansia, su ímpetu, su gran interés y compromiso le empujaron hacia aquel monolito y arremetió contra él como un toro contra un capote, con fuerza, con nobleza, con mucho ímpetu, sabiendo que el futuro del reino dependía del resultado de su gesta. Empezó a empujar y a empujar con todas sus fuerzas, la piedra se movía muy poco a poco pero se movía, eso animó al joven príncipe que siguió empujando con todo su empeño para que la piedra abandonase el centro del patio y se colocase en la esquina pertinente.

Mientras tanto, el segundo príncipe, viendo el esfuerzo que su hermano estaba realizando y lo inmenso del objeto de su hazaña se sentó frente a la piedra y empezó a meditar, ante el asombro de todos los presentes que también se habían levantado temprano para observar tal gesta.

El primer príncipe había conseguido recorrer tres metros lineales y ya era mediodía, mientras que el segundo príncipe seguía sentado frente a su monolito, meditando.

Al rallar las cuatro de la tarde, más o menos, el primer príncipe había conseguido mover la roca a mitad de la distancia exigida por el reto, pero estaba casi extenuado y las fuerzas le estaban abandonando. Era un hombre fuerte, pero la gesta era inmensa y el era, al fin y al cabo un ser humano.

El segundo príncipe, ante la mirada atónita de los espectadores, se levantó y abandonó su puesto, se dirigió a sus aposentos en silencio, cabizbajo y pensativo. Los Nobles y miembros de los consejos, así como la emperatriz no dejaban de murmurar y preguntarse si el joven príncipe había abandonado antes de empezar, ya que eso era lo que parecía. ¿Se había rendido ante el inmenso esfuerzo que estaba viendo que su hermano estaba realizando?. Ante tal situación reclamaron al emperador la victoria del primero. Pero el Emperador haciendo gala de su justicia, equidad y bien hacer, con la prudencia que le había caracterizado durante su reinado pidió a todos que tuvieran paciencia y que esperaran a que la gesta terminara con el resultado solicitado a los príncipes.

La noche se abalanzó sobre el jardín y el primer príncipe había recorrido las tres cuartas partes del camino, y el segundo seguía en sus aposentos.

A todo el mundo le pareció correcto que la prueba se aplazara para ser finalizada al día siguiente. Era evidente que solo cabía esperar que el primer príncipe finalizara la tarea, ya que el segundo había abandonado antes de empezar, y por lo tanto no merecía aspirar a la sucesión, así es que todo el mundo se retiró a descansar a la espera del nuevo día.

Nada más despuntar el Alba el segundo príncipe, que había pasado la tarde en sus aposentos visitó a su padre, el Emperador, aún en el lecho, y le espetó:-” Padre, para realizar la gesta encomendada de buena manera, con un resultado óptimo, en el menor  tiempo posible, y sin desperdiciar fuerzas, ni tampoco elementos de manera inútil, necesitaré de tu experiencia y ayuda, de tal manera lograré realizar la gesta en menos de una hora con los resultados esperados.”

Aunque pudiera parecer favoritismo, el Padre, el Emperador, intrigado, y motivado por el planteamiento de su hijo accedió a lo solicitado y se puso en sus manos.

El segundo príncipe solicitó la ayuda de su Padre, y de media docena de fornidos soldados para transportar una gran palanca con asideros forjada durante la noche, con sus propias manos en la herrería de palacio. Al llegar en frente del monolito, calzó el punto de apoyo, hincó la gran palanca bajo la base del monolito, solicito a su padre y alos soldados se colocaran uno en cada asidero y les dio la orden de empujar hacia abajo todos a una. así lo hicieron entre todos y el monolito, la gran roca, del impulso dado por el movimiento provocado por la palanca rodó hasta una distancia muy cercana a la esquina exigida. El Príncipe, volvió a dar la misma orden, y en un segundo movimiento la Gran Roca rodó hasta su esquina.

Los asistentes que habían ido llegando quedaron atónitos por el resultado de la Gesta. El Primer príncipe, boquiabierto, no cabía en sí mismo observando cómo su hermano había conseguido hacer rodar aquella roca hasta el lugar exigido en menos de una hora, y no articulaba razonamiento alguno.

El segundo Príncipe, no sólo agradeció el esfuerzo de los soldados y su padre, si no que dio el mérito de la gesta a los mismos, subrayando que sin su colaboración no hubiera sido capaz de conseguir el resultado que había conseguido.

El silencio se hizo en aquel jardín  la espera de las palabras del Emperador, quien giró su cabeza y vio como su primer Príncipe seguía empujando aquel obelisco entre gemidos y maldiciones.

Al ver a su hermano empujar con tal brío, el segundo príncipe inició carrera y plantó las palmas de sus manos junto a las de su hermano y al mismo tiempo ordenó a  su media docena de soldados que hiciera lo propio. Ante tal fuerza la piedra rodó los pocos metros que le faltaban para llegar a aquella endemoniada esquina.

Todos quedaron ojipláticos ante tal acción, mientras que el segundo príncipe gritaba a los presentes que una victoria sobre el fracaso de su hermano no sería una victoria, sino también un fracaso, puesto que nada bueno puede construirse aprovechándose  del fracaso de los demás. Sí, en cambio se puede cimentar un gran futuro sobre la base de la comprensión, el trabajo duro, en el compartir lo bueno y lo malo.

Ante tal disertación, breve, pero concisa, el Emperador solicitó retirarse a la sala de trono junto con los Consejos de hombres buenos y sabios, y los nobles de la Corte.

Pero antes de llegar a cualquier conclusión el Joven segundo Príncipe, joven pero sabio, hizo la siguiente reflexión:

-” Padre, Emperador, Madre, Emperatriz, Hermano mío, Nobles y Ciudadanos de esta tierra. No voy a negar mi ilusión por ceñir la corona y asir el cetro Imperiales, no obstante tengo que añadir que no se puede castigar el ímpetu, la ilusión, la fuerza, el bien hacer, de aquel que ha puesto todo su empeño en solventar satisfactoriamente la prueba impuesta. Mi hermano. El que me inspiró con su esfuerzo para meditar en otra forma de resolver la cuestión que nos ocupaba. Mi primera intención, fue, como él, lanzarme sobre la roca y empujar, pero al ver su esfuerzo sobrepasado por el tamaño y el peso del objeto a mover me dije para mis adentros que tenía que encontrar mejor solución que aquella, por lo que medité y evalué, una vez la idea vino a mí y supe cual era mi objetivo, intenté ser lo más realista que pude y planeé como llevar a cabo la acción en sí, y al ver que solo  tardaría y gastaría esfuerzos de forma vana solicité la creación de un equipo que me ayudó en mi empresa. Y así juntos conseguimos lo solicitado.

Padre, es cierto que no conseguí finalizar la gesta sólo, por Ello acataré de buen modo cualquiera que vuestra decisión sea”.

El buen Emperador ante tal disertación quedó callado durante unos instantes y observó las caras de los presentes. Unas con sorpresa, otras con impaciencia, y, las más, con preocupación por la posible decisión.

Dijo pues el Magno Hombre así: -“Es bien cierto que tu mi Príncipe has puesto todo tu empeño en realizar la tarea y toda tu fuerza, y toda tu ansia, lo cual evidencia tu Gran Fuerza. También es cierto que de no ser por la ayuda recibida hubieras, quizá finalizado la tarea, aunque más tarde que tu hermano. También es cierto que tú mi segundo Príncipe has sabido evaluar, planificar, reconocer tus puntos débiles, solicitar la ayuda pertinente, preparar y liderar la ejecución de la tarea, lo cual deja en evidencia tu Gran Sabiduría. Sea pues esta mi decisión. Ya que ambas cualidades considero de igual importancia en un futuro Monarca, ambos considero los pilares que sustentarán un gran reinado, sed ambos los próximos gobernantes de éstas tierras en igualdad de condiciones. Estoy seguro que la combinación de ambos será fuerte e indestructible, ya que la Sabiduría guiará a la Fuerza, y ésta sustentará la tranquilidad de la primera. Vestid, pues, ambos los mantos Imperiales y encarguemos a nuestros orfebres dos coronas y dos cetros para que todo el mundo sepa que ambos juntos reinaréis en estos lares”.

Todo el mundo quedó satisfecho con la decisión del viejo emperador y el próximo reinado fue uno de los más prósperos de los nunca existieron en aquel Imperio.

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